3 de noviembre de 2009
Castellano - Sintaxis
Kevorkian nos mandó para que sepamos más o menos como son las oraciones que toma, son de pruebas de años anteriores
Aunque todo rastro de su origen había desaparecido de los textos, se pensaba que era un hombre de los páramos porque su apetito de poder era tan grande, que le vendió el mar a una potencia extranjera. Se estimaba que mientras duró su vida debió de tener más de cinco mil hijos con las incontables amantes que se sucedieron en su lecho, pero el único que llevó su apellido fue el que tuvo con Leticia Nazareno, que fue nombrado general.
Aquella falta de sentido histórico había de tener su noche de esplendor en el banquete de gala con que celebramos el desembarco de los infantes de marina, cuando Bendición Alvarado vio a su hijo en uniforme de etiqueta. Se emocionó tanto que no pudo reprimir sus impulsos y gritó: “¡Si yo hubiera sabido que mi hijo iba a ser presidente, lo hubiera mandado a la escuela!”. Fue tanta la vergüenza que causaron sus palabras, que desde entonces la desterraron en la mansión de los suburbios, donde vivió como si ese hubiera sido el palacio presidencial.
A las seis de la tarde, mientras le hacían la autopsia al cadáver de Santiago Nasar, el alcalde fue llamado de urgencia porque Pedro Vicario estaba convencido de que habían envenenado a su hermano. “Me estaba yendo en aguas – me dijo Pablo Vicario- y no podíamos quitarnos la idea de que eran vainas de los turcos.” Lo llevaron al retrete de la Alcaidía, donde lo encontró el coronel Aponte, desaguándose con tanta fluidez que no era absurdo pensar en el veneno. Si el coronel hubiera llegado más tarde, Pablo se habría muerto.
Pero descartaron la idea del envenenamiento de inmediato, cuando se estableció que solo había bebido el agua y comido el almuerzo que les mandó Pura Vicario. No obstante, el alcalde quedó tan impresionado, que se llevó a los presos para su casa con una custodia especial, y esperó la llegada del juez de instrucción. Si bien no se descartaba una represalia de los árabes, nadie podía pensar en el veneno. Se suponía que aguardarían la noche para echar gasolina por la claraboya e incendiar a quienes sabían responsables de su desgracia.
Ángela Vicario me trató como se trata a un primo remoto, y contestó a mis preguntas con sentido del humor. Era tan madura e ingeniosa, que costaba trabajo creer que fuera la misma. Lo que más me sorprendió fue la forma en que había terminado por entender su propia vida. Después de que pasaron unos minutos de charla, ya no me pareció tan envejecida, sino casi tan joven como en mis recuerdos. Aunque su madre había hecho lo imposible para que Ángela se muriera en vida, la misma hija le malogró los propósitos porque nunca hizo ningún misterio de su desventura.
Si bien Ángela estaba trastornada por su obsesión con Bayardo, tuvo que acompañar a su madre a un examen de la vista. Entraron de pasada en el Hotel del Puerto, a cuyo dueño conocían, y Pura pidió un vaso de agua en la cantina. Se lo estaba tomando de espaldas a la hija cuando esta vio su propio pensamiento reflejado en los espejos repetidos de la sala. Vio que Bayardo pasaba sin verla, y lo vio salir del hotel. Luego miró a su madre, con el corazón hecho trizas. Quedó tan trastornada que hizo todo el viaje de regreso cantando en voz alta y se tiró en la cama a llorar durante tres meses.
Los ama.
Aye
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